Esta historia comienza después de un concierto, cuando tuve la oportunidad de conocer al “rey del rock ’n’ roll” en español: Charly García. El Teatro de Verano de Montevideo aún vibraba con los aplausos, las canciones seguían latiendo en la memoria y yo no imaginaba que la noche estaba lejos de terminar.
Todo ocurrió tras un concierto inolvidable en abril de 2003, recordado como uno de los mejores que Charly dio en nuestro país. Aquella noche interpretó con precisión quirúrgica canciones de su entonces reciente disco Influencia, además de clásicos eternos como Demoliendo hoteles y Fanky, acompañado por su guitarrista María Gabriela Epumer.
El show tuvo, como era de esperarse, su costado extravagante: Charly proclamándose futuro ministro de Cultura —“y que no venga el presidente de ustedes a decirme que soy un corrupto”—, pidiendo agua “marca Patricia”, arrojando el micrófono, la jirafa y el teclado, y desplazándose sin pausa de un lado a otro del escenario. El teatro estaba colmado. El bis, Desarma y Sangra, sonó de manera sublime. Un cierre perfecto para una noche brillante.
Fue entonces, durante la última canción, cuando un integrante del staff de Say No More se me acercó para invitarme a conocer a Charly. No lo podía creer. Mi primera reacción fue preguntar quiénes más estarían presentes. Finalmente supe que otra chica y yo pasaríamos a verlo tras bambalinas. Ese encuentro inesperado ya era, para mí, un regalo.
Guiada por el staff, llegué a la parte trasera del escenario. Allí estaban Charly y los músicos que habían tocado esa noche. Sonriente, me saludó y, cubriéndose el rostro con una lámina de filtro magenta —de esas que se colocan sobre las luces—, dijo:
—La próxima vez salgo con esto.
—Parece un video de Kylie Minogue —le respondí.
Conversamos durante unos cinco minutos. Antes de despedirnos, me invitó al hotel donde se hospedaba. Tomé un taxi hasta el Marriott de Punta Carretas, donde un asistente me condujo hasta la suite. Charly descansaba solo, recostado en la cama. Tras saludarnos nuevamente y felicitarlo por el concierto, ingresó a la habitación una chica que improvisó un breve striptease y se retiró sin decir palabra. Fue mi primer contacto con ese tipo de experiencias que parecen inevitables en la vida de una estrella de rock.
“Ya casi estoy a tono con la situación”, pensé.
Una vez solos, Charly me hizo una segunda invitación: ir a cenar un asado con el resto de la banda. Acepté sin dudar. Salimos del hotel en un remise rumbo a la rambla de Montevideo. Durante la cena le pedí que tocara algo en un pequeño escenario donde había una guitarra. Accedió de buen humor y tocó algunos temas, entre ellos I Got Mine de The Black Keys. La noche continuó entre buena comida, música improvisada y charlas distendidas.
Sobre la mesa había hojas blancas y marcadores de colores. Tomé uno y escribí la palabra whatever, junto con nombres de bandas de las que soy fan. Charly tomó las hojas. Poco después, nos despedimos.
Sin haberlo planeado, había cumplido un sueño de juventud: conocer a mi estrella de rock favorita en una noche absolutamente extraordinaria. Años más tarde volvería a ver a Charly en su apartamento del barrio Palermo en Buenos Aires, donde lo conocería un poco más y sumaría nuevas anécdotas a esta historia.
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